En
Incógnito. Las vidas secretas del
cerebro, el conocido neurocientífico David Eagleman nos plantea algo
inquietante: ¿somos dueños de nuestros actos o son los mecanismos internos y
automáticos de nuestro cerebro los que llevan a cabo la mayoría de nuestras
acciones?
Tras
su lectura más bien parece imponerse la segunda alternativa: investigadores o
artistas que confiesan que sus creaciones han sido fruto de sueños o
comportamientos automáticos, acciones cotidianas que no seríamos capaces de
realizar si tuviéramos que pensárnoslas –adelantar en una autovía, escribir en
un teclado, jugar al tenis-…
¿Nos
manipula nuestro cerebro? Indudablemente las cosas no son como las vemos, sino
como nuestro cerebro nos las muestra, siguiendo unos cánones preestablecidos o
llegando incluso a inventarse imágenes que no existen.
Entonces,
¿hasta qué punto somos lo que creemos ser? Si borrachos tenemos un
comportamiento que estando sobrios nos avergüenza, ¿cuál de los dos es el
verdadero: el que mostramos cuando somos conscientes de lo que hacemos o cuando
perdemos el control y no nos importa mostrarnos de otra manera?
¿Podemos
pensar que hay más de un parecer dentro de nuestro cerebro, como cuando
discutimos con nosotros mismos a la hora de tomar una decisión?
Llendo
más lejos aún, ¿hasta qué punto somos culpables de comportamientos delictivos
si un tumor presiona sobre una determinada parte de nuestro cerebro
inhibiéndonos del mal, si un excesivo consumo de medicamentos aumenta nuestros
niveles de testosterona y nos hace muy violentos?
Todas
estas preguntas acaban teniendo respuesta en la lectura de este libro que
transcurren en una continua sucesión de descubrimientos que hacen difícil
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